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miércoles, 27 de mayo de 2026 · 22:40 · Santa Cruz de Tenerife
OPINIÓN

Trump, Israel e Irán: el coste moral de tres guerras sin victoria

La política exterior de Washington acumula frentes abiertos en Gaza, Libia e Irán mientras el precio humano y diplomático crece sin que ninguna de esas guerras tenga un horizonte real de paz.

David Navarro González
David Navarro González

Periodista de actualidad económica y empresarial de Canarias. Especializado en turismo, vivienda, empleo, puertos, transporte e inversión

La Laguna ·

Hay guerras que se justifican con la retórica de la seguridad y acaban por revelar, con el tiempo, su verdadero coste: no solo el de los muertos, sino el de la credibilidad perdida, el del derecho internacional vaciado de contenido y el de una generación de civiles que crecerá con la certeza de que el mundo los abandonó. Lo que está ocurriendo en Irán, en Gaza y en Libia no es una excepción a esa regla. Es su confirmación más brutal.

La administración Trump ha convertido el respaldo a Israel en un cheque en blanco sin vencimiento. Primero fue Gaza. Después, la intervención sobre infraestructuras iraníes. Ahora, la escalada amenaza con extenderse más allá de cualquier cálculo estratégico razonable. Y mientras Washington habla de «legítima defensa» y de «contención del régimen de Teherán», las imágenes que llegan del terreno no dejan mucho espacio para el eufemismo: son imágenes de hospitales, de mercados, de personas.

La lógica del apoyo incondicional y sus fracturas

El problema no es solo moral, aunque lo moral debería bastar. El problema es que la política exterior estadounidense lleva meses construyendo una arquitectura de justificaciones que se contradice a sí misma. Se invoca el derecho internacional para condenar a Rusia en Ucrania y se lo ignora cuando Israel bombardea zonas densamente pobladas. Se exige rendición de cuentas a unos y se blinda a otros de cualquier escrutinio en el Consejo de Seguridad. Esa doble vara de medir no es un detalle secundario: es el núcleo del problema.

Irán no es un actor inocente en la región. Nadie lo pretende. Pero la legitimidad de una respuesta militar no se mide solo por quién la recibe, sino por quién la aplica, con qué proporcionalidad y con qué objetivo final. Ninguna de esas tres preguntas tiene hoy una respuesta satisfactoria por parte de Washington ni de Tel Aviv. Lo que existe, en cambio, es una narrativa de emergencia permanente que hace imposible cualquier negociación seria.

Libia lleva años siendo el espejo roto de esa política. Un país que fue bombardeado hasta la caída de Gadafi y luego abandonado a su propia fragmentación. Nadie en Washington habla ya de Libia porque Libia ya no es útil como titular. Ese silencio dice más que cualquier declaración oficial: cuando los intereses estratégicos se desvanecen, también lo hace el interés humanitario. Queda demostrado, una vez más, que la retórica de los derechos humanos es instrumental, no principista.

El coste que no aparece en los comunicados de prensa

Hay un dato que conviene no perder de vista: más de 19 meses de bombardeos sobre Gaza han dejado una infraestructura sanitaria prácticamente destruida, según los informes de organizaciones médicas internacionales. No es una cifra abstracta. Es el marco en el que nacen niños, en el que se muere sin anestesia, en el que el agua potable es un privilegio. Ese es el contexto en el que la Casa Blanca ha vetado resoluciones de alto el fuego en el Consejo de Seguridad. Ese es el coste que no aparece en los comunicados de prensa de Washington.

La apertura de un frente contra Irán añade una dimensión nueva a este escenario. No porque Irán sea inimune a la crítica, sino porque una escalada militar en ese país arrastraría consecuencias regionales impredecibles: el estrecho de Ormuz, el precio del petróleo, las tensiones con China y Rusia, la estabilidad de Iraq. Nadie en la administración Trump parece haber articulado públicamente qué ocurre si la operación no sale como se planea. Eso, en geopolítica, se llama improvisación. Y la improvisación en zonas de conflicto activo tiene un precio que siempre acaban pagando otros.

Desde esta columna no se pide ingenuidad. No se pide ignorar que Irán financia grupos armados en varios países, ni que Hamas cometió una masacre el 7 de octubre de 2023. Se pide coherencia. Se pide que los mismos estándares con los que se juzga a Moscú se apliquen a Tel Aviv. Se pide que la palabra «paz» deje de ser un ornamento retórico y empiece a ser un objetivo político real con plazos, mediadores y compromisos vinculantes.

Mientras eso no ocurra, cada nuevo frente que se abre no es una solución. Es un problema aplazado con explosivos.

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